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Carbonería Parras

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EL CALOR DE SIEMPRE AÚN EXISTE

Un poco de historia

La carbonería de la calle Parras siempre ha estado vinculada a la familia Aguilar, aunque por ella han pasado multitud de trabajadores, especialmente entre los años cuarenta y los sesenta del pasado siglo.

Aquí vamos a intentar darle un repaso a la historia de esta particular tienda, a pesar de que muchos datos se han perdido en la memoria de personas que ya no están entre nosotros.

-Primera mitad del siglo XX

Sellos de cuatro generaciones de carboneros
(desgraciadamente no he podido encontrar ninguno de mi padre).

A finales del siglo XIX, Francisco Aguilar (mi bisabuelo) era el propietario de una carbonería situada en la calle Cruz Verde nº 17. Pocos datos perviven de esta carbonería, es más, la primera vez que yo supe de ella fue al encontrar el sello reproducido en la imagen.

A principios del siglo XX el negocio recaía prácticamente en las mano de mi abuelo Francisco Aguilar Romero, que adquirió un antiguo molino de trigo situado al comienzo de la calle Parras para utilizarlo como almacén de carbón y de esta manera suministrar el material a diversas carbonerías que se habían ido abriendo en la ciudad, pues por aquella época el negocio del carbón era uno de los más prósperos.

-Segunda mitad del siglo XX

En los años 50, su hijo Manuel Aguilar Romero comenzó a construir en el solar del antiguo molino el edificio que hoy ocupa el nº 2 de dicha calle Parras. Este edificio consta de dos viviendas en primera y segunda planta y un almacén y despacho de carbón en planta baja.


Yo no conocí a mi abuelo Manuel Aguilar Romero, pero cuando mi tío Manolo vio esta foto que publicaron como lámina en un diario, me dijo "ese es mi padre cuando vendía carbón con un carro en la Campana".

Francisco Aguilar Martín en la carbonería con una vecina. Esta foto fue publicada el 6 de diciembre de 1981 en el diario ABC de Sevilla, en un reportaje donde se vaticinaba la desaparición de las últimas carbonería de Sevilla(pdf).

Cuando Manuel Aguilar Romero falleció en los años 60, sus hijos Luis, Manuel y Francisco Aguilar Martín continuaron con el negocio, el primero regentando una carbonería en la Plaza de San Marcos, el segundo como transportista y el tercero atendiendo a los clientes en el despacho de la calle Parras con puntuales ayudas de su mujer Carmen Astola Alfaro y de sus hijos. Además estaba la carbonería de la tía Coral situada en la calle San Luis. Aunque la carbonería de San Marcos regentada por Luis, el mayor de los hermanos, duró poco debido al fallecimiento de éste.

En las décadas de los setenta y los ochenta el negocio del cisco y del carbón comenzó a decaer de una manera acelerada. Las cocinas de carbón ya hacía tiempo que habían sido sustituidas por las de petróleo y posteriormente por las de gas, esos dos productos ya se vendían en las carbonerías, pero de pronto todo el mundo cambió los braseros de cisco por los calefactores eléctricos que eran más cómodos y limpios, además por aquel entonces la electricidad todavía era bastante barata.

Aquí estoy yo con mi sobrino Daniel en una foto de alrededor de 1995 realizada por el fotógrafo Enrique Toral.

Carmen Astola Alfaro trabajando en el despacho de la carbonería. -Foto publicada allá por 1996 en el boletín de la Hermandad de la Macarena.-

Pero en mi opinión, la razón por la que la gente dejó de golpe de usar los braseros de cisco fue una enorme campaña mediática para inculcar el miedo de que los braseros de cisco eran una forma de calefacción extremadamente peligrosos que mataban a muchas personas por asfixia, todo ello para que la gente se apuntaran en masa a la compañía eléctrica. Cuando ocurría un accidente con un brasero eléctrico, los periódicos decían que la causa había sido un brasero -sin especificar más- pero si la causa había sido uno de cisco, los medios recalcaban el peligro de utilizar una forma de calefacción tan arcaica y repetían la misma noticia una vez tras otra durante varios días. En más de una ocasión se han pasado por la carbonería clientas de avanzada edad que hacían tiempo que no aparecían por la carbonería, sólo para saludarme y excusarse por haber dejado de venir a comprar cisco diciéndome que sus hijos, después de haber visto alguna de esas noticias, le habían tirado a la basura todos los avíos del brasero y le habían regalado un brasero eléctrico.

Esta es una muestra de la gente que de una forma o de otra van pasando y dejando huella en la carbonería. Faltan muchos, algunos por que se han ido y otros porque aún no han llegado. (Pulsa en la imagen para ver todas las fotos)

-En la actualidad

De esta manera prosiguió el negocio hasta los años noventa, década en la que murieron los dos hermanos y el negocio pasó a manos de José Luis Aguilar Astola (el que escribe estas líneas), hijo de Francisco, que continua el negocio hasta la fecha, siempre gracias a todas las personas que siguen comprando en las pequeñas tiendas de barrio sin echar mucha cuenta de los cantos de sirena con los que grandes centros comerciales quieren ensordecernos y cegarnos; gracias a todos esos clientes y al apoyo incondicional de mi familia la carbonería de la calle Parras aún existe.

Hace no más de treinta años, las carbonerías eran negocios tan comunes como podrían serlo las panaderías o ahora son las tiendas de los chinos. Había una en cada calle, en algunas (como en la calle Parras) coexistían dos, la nuestra y la carbonería de Pepa casi al final de la calle. Sin embargo, en la actualidad, esta carbonería de la calle Parras se ha convertido en un lugar donde curiosos y extraños se asombran de ver un establecimiento de estas características superviviendo en el mundo de internet, la globalización y las grandes superficies comerciales. Algunos de estos asombrados viandantes se quedan a unos metros de la puerta curioseando o haciendo fotos; otros más atrevidos entran a satisfacer su curiosidad. Normalmente siempre hacen las mismas preguntas, y yo ya tengo unas respuestas más o menos estándar para ellas:

-¿Todavía sigue la gente guisando con carbón?

-¡Claro! Y mucho. Solo que le han cambiado el nombre para que parezca una cosa moderna; ahora lo llaman "barbacoas". Aunque nuestras abuelas usaban el carbón en la cocina y actualmente se hace en patios y azoteas para ensuciar la casa lo menos posible.

-¿Aún se sigue vendiendo el carbón?

-Desde luego. Pero antes se vendía en las carbonerías y ahora la gente lo compra en las grandes superficies comerciales; en donde se vende un carbón de una calidad bastante inferior y más caro, pero es que la "tele" ordena y la masa obedece.

-¡Pero si la gente ya no enciende braseros de cisco!

-Bueno, no como antes. Pero todavía somos algunos los "privilegiados" que seguimos calentándonos con las copas de cisco. Es más, cuando vienen invitados a mi casa en invierno y se sientan en la mesa de camilla, a veces cuesta trabajo echarlos. Sin embargo, cuando yo voy a una casa con calefacción centralizada de esas, estoy deseando irme (y cuando les digo lo que yo pago de electricidad y lo comparan con lo que pagan ellos, muchos terminan indignados).

A principios de 2018 decidimos, entre algunos amigos y parroquianos de la carbonería, la creación de una asociación “con la vocación de difundir la ciencia y la cultura desde la independencia de un grupo de amig@s cada vez más amplio, que, desde la cotidianidad del barrio, pretende afirmar la libre universalidad del arte y del conocimiento”. De esta manera nace, con sede en nuestra carbonería, la Asociación Científico-Cultural Cisco de Picón.

Mis sobrinas Marta y María "estudiando" el oficio en una foto de 2015. Yo sé por experiencia que lo primero que se aprende es a saber tiznarse.

-El futuro

Mucha gente cree saber cuál es el mejor futuro para la carbonería: convertirla en un bar. Yo mismo en mi juventud también estaba convencido de ello, pero mi padre se negaba rotundamente y con el tiempo me he dado cuenta de la razón que tenía.

Cuando alguien me sale con la ya manida frase de: "¿tú porque no montas aquí un bar?" frase a la que normalmente siguen una retahíla de proyectos y elucubraciones del estilo de: montaditos variados, cocina casera, pescadito frito, conciertos, exposiciones, etc. etc. Entonces yo le expongo, según la forma de ser del interlocutor, alguna de las siguientes razones:

1- Sevilla ya tiene una carbonería convertida en bar. Además es conocida internacionalmente y lo que se monte aquí no pasaría de ser una burda copia.

2- Un bar, efectivamente, daría mucho más dinero de lo que da la carbonería. Pero también daría muchos más problemas y muchísimo más trabajo, y la verdad es que a mí el dinero me importa poco pero sí me importa, y mucho, vivir tranquilo sin preocupaciones y tener tiempo libre para hacer lo que me plazca.

3- En Sevilla hay miles de bares pero ¿cuántas carbonerías?, solo una. ¿Vamos a privar a nuestra ciudad de ella?

4- Desde hace muchos años la carbonería tiene hecho un pacto con la taberna de Gonzalo situada justo enfrente: él nunca venderá carbón y yo nunca venderé cerveza. Y no pienso ser yo quien rompa el pacto.

De modo que la carbonería solo tiene un futuro posible: seguir siendo carbonería durante mucho tiempo, o al menos eso espero.



Coronado de agua recorro el laberinto; me adentro por tus calles de zarzales ardiendo. Zozobro en las sirenas de tus mudos recuerdos; por tus altas bodegas de bolitas de anís... Y me quedo soñando. Con trenes en la noche. Con risas de otras lluvias y otros sueños. Por entre el cisco húmedo de un hato de recuerdos, de un racimo olvidado de alhucemas y besos.

Agustín María García López